Sobre las transparencias femeninas/Juan Carlos Campechano

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Imagen extraída de http://ethic.es/2017/05/el-feminismo-que-viene/

Por Juan Carlos Campechano Carvallo

 

No pierdo el amor, te pierdo a ti.

Casi por ironía una luz de oro me arroja a un punto distinto, cerca del mar, de la sal, de los barcos contrariando su hundimiento, en donde los murmullos de un extraño, sea marino o pirata, besan el oído para, más tarde, dejarse arrastrar por el vendaval. Un torrente de palabras. Nosotros que estamos hechos de promesas juradas. Porque mi corazón se acuerda de tu sólida tierra llamada compromiso e imagino un mediodía portuario con ver tu nombre escrito. Así también el amor cálido, vivificante y precioso, que comparto, que dirijo hacia ti, arropado en tul y bañado en lociones, aunque siempre transparente, como la prenda negra que uso en las noches de bailar, me cubre de gozo al pedir señales tuyas. Ese amor que parece cristal de lo diáfano, desde el cual brota mi risa, las atenciones, esa intrepidez característica y, no obstante, percibido igual a un espacio vacío o un estado hipotético. Es un sueño real visto al contrario: un espejismo. Por eso, cuando te agarro el brazo y nos conduzco hacia la otra acera, me tratas igual que una flema:

-Nunca pensé que fueras tan celosa

No pierdo el amor, te pierdo a ti.

La amistad con los exteriores. El cielo por la mañana, tarde y, a veces, también de noche es mi testigo fiel de la puerta entreabierta. Yo dentro. Tú fuera. Sobre la naturaleza permeable de las cosas. Donde se cuela el aire que trae noticias sobre ti, sobre nosotros, o donde me fugo a través con el amor que ya no me cabe en el pecho a dar un paseo bajo el domo. Cuidando de no tropezar, de mirar a ambos lados de la calle, aunque, sobre cualquier otra precaución, de no estar lo suficientemente desprotegida como para un asalto a boca armada, tan regular en el malecón y las plazas de esta ciudad.

Los exteriores. El cielo por la mañana, la tarde y, a veces, también de noche. Esa luna coqueta que llega a decirnos de buena gana, con una sonrisa: tranquila, no todo está perdido. Los exteriores como un pisapapeles, con su membrana finísima, transparente, de realidad e irrealidad en los que se confunde el amor. De naturaleza permeable. Acaso mi puerta entreabierta a cualquier momento, sea día o noche, para escuchar si en el aire hay noticias sobre ti, sobre nosotros, o me cuelo a través con el amor que ya no me cabe en el pecho a dar un paseo bajo el domo. Cuidando de no tropezar, de mirar a ambos lados de la avenida, aunque, sobre todo, de prevenir un asalto a boca armada, tan regular en los malecones o las plazas. Ese es el peligro de los exteriores: la soberbia de conferir a un transeúnte propiedades estáticas.

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