Columna “la vaca multicolor” / ¿Para qué leer?

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Por Ivonne Filigrana

Licenciada y Maestra en Pedagogía, estudiante del Programa de Doctorado en Pedagogía de la Universidad Nacional Autónoma de México, con sede en Ciudad Universitaria. Líneas de trabajo: Metodología de la Investigación, Filosofía de la Educación, Psicoanálisis aplicado al ámbito educativo, Formación Inicial, Didáctica y Currículum. Experiencia profesional como docente en programas de licenciatura y posgrado en diversas instituciones de educación superior. Correo electrónico: ivoncita760826@gmail.com

El acto de leer se asocia, indefectiblemente, con el acto de aprender. Leemos para saber sobre algo que nos interesa, que desconocemos y deseamos apropiarnos. Al menos, eso es lo que se inscribe en nuestro deseo. Pero, ¿realmente nos apropiamos de lo leído?

En una sociedad como la nuestra, en la que el mexicano promedio se distingue por el hecho de que casi no recurre a la lectura, quienes demuestran un ávido deseo por incrementar sus conocimientos a través de esta práctica aparecen como la esperanza de un futuro mejor, no obstante, cabría preguntarnos ¿en verdad es así?

En mi particular experiencia, me resulta frecuente encontrarme con personas de cierto nivel cultural que construyen su identidad a partir de los conocimientos que ostentan. Un autor o dos los seducen y los toman como guía y referencia para explicar el mundo a los demás. Algunos son profesores y dan clase con base en esos conocimientos que les ha llevado años adquirir, e intentan transmitirlos a quienes recién se inician en su disciplina. El psicoanálisis, la psicología, la filosofía, la sociología, la antropología, entre otros saberes, se erigen aquí como puntos de partida que se ofrecen a las nuevas generaciones para que intenten comprenderse a sí mismas y establezcan relaciones sanas con el mundo social.

Sin embargo, a menudo puedo darme cuenta de que estos saberes pueden tocar a todos, menos a quienes los ostentan e intentan transmitirlos.

Platicaré un caso emblemático: Conocí hace tiempo a un profesor que era la inspiración de todos sus estudiantes, yo incluida. Nos hablaba acerca de lo que un docente debe ser para sus alumnos, de la responsabilidad que se tiene cuando uno se convierte en profesor, de la importancia que tiene el respeto a la individualidad del alumno, a su persona, a su otredad. También acostumbraba insistir en el hecho de que la educación jamás debe ser un acto que se lleve a cabo con violencia y autoritarismo, pues el Otro representa un mundo aparte al cual no debemos tratar de modificar en aras de nuestros propios intereses. Cada palabra suya producía tal efecto en mí, que me transformó de una manera tan especial, tan única…, como casi nadie lo ha hecho. Hasta que tuve la oportunidad de conocerlo mejor y me fui dando cuenta de que mucho de lo que él decía no se sustentaba con sus acciones en la esfera personal e, incluso, en la profesional. La gota que derramó el vaso llegó cierto día en el que, durante un examen, casi agarra a golpes a un estudiante que no estaba de acuerdo con él. La forma en la que mi profesor le gritó a aquel chico y lo retó, me pareció fuera de toda proporción. Comprendí entonces que todo ese discurso que él mostraba al mundo cuando hablaba de lo que debería ser la docencia había salido de los libros, pero no de su experiencia de vida, y todo eso me pareció, sin más, una profunda hipocresía.

Por supuesto, no es el único caso. A menudo conozco especialistas en ciertas áreas de las ciencias del comportamiento cuyas acciones no evidencian la apropiación de todo lo que pregonan en sus clases. Me he preguntado tantas veces, ¿dónde está la Gestalt?, ¿dónde el Psicoanálisis?, ¿y la Filosofía? ¿Por qué estas personas que han tenido acceso al pensamiento de las mentes más brillantes no han podido dejar que esa posibilidad sea una oportunidad que toque su propia vida?

No es que yo espere que el ser humano sea un ente totalmente congruente, pero tampoco esperaría lo contrario, ya que esto último implica que el conocimiento se convierte en una posesión para ejercer un lugar de poder frente a otros, mas no en una vía para construir y dar forma a la propia existencia.

Hace mucho tiempo, Montaigne me cambió la vida cuando leí en uno de sus Ensayos, titulado “De la Pedantería”, que la principal función del saber es una función de transformación y mejoramiento de la experiencia humana. Si el conocimiento es capaz de transformarnos y mejorarnos, no tiene caso adquirirlo. En última instancia, Montaigne nos aconseja dejar la lectura y dedicarnos al ejercicio, ya que con éste por lo menos ejercitamos algo en nuestro cuerpo: los músculos, ya que el cerebro permanece en reposo. Y yo creo que ése es un sabio consejo.

Si la lectura sólo ha de servirnos para esperar el reconocimiento ajeno, pero no encuentra tierra fértil al interior de nosotros mismos, vale más inscribirnos al gimnasio  y pasar en él la mayor parte de nuestro día pues, a final de cuentas, es más fácil en nuestros tiempos ser admirado por la belleza física que por la inteligible. Y si ésta permanece ausente, si lo único que se ha conseguido ha sido memorizar frases ajenas para exponerlas y, así, esperar que se nos reconozca como expertos en un tema, entonces ¿para qué perder el tiempo leyendo? De todas maneras ese reconocimiento estaría basado en una mentira.

Finalmente, es un asunto que me remite a pensar en el narcisismo que nos impide tener la disposición para ser tocados por el mundo. Si lo que leo no me transforma, tampoco lo hará lo que yo escuche en una conversación con el Otro. Permaneceré en un ostracismo que, sí, en efecto, me protege del sufrimiento pero, al mismo tiempo, me aísla de todos y de todo. Narciso muere, precisamente, porque, para él, ya no existía el mundo, sino sólo su propia imagen.

Leer debería, entonces, ser un acto de auténtica socialización. No para despersonalizarnos y asimilar todo de los demás, pero sí para construirnos a partir de la otredad y su conjugación con la mismidad. La lectura es la construcción de un diálogo, no una asimilación pasiva. Bien decía Nietzsche que la comida que no se digiere se pudre al interior de uno mismo y, por supuesto, se refería a quienes se convierten en una especie de mensajeros de lo que otros han dicho, pero no se han tomado la molestia de someterlo a su propio juicio. La lectura que no se digiere, la que no transforma, la que pasa inadvertida y se convierte en un simple adorno mental, es la que anula lo único que de cierto poseemos: a nosotros mismos.

 

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